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jueves, 15 de octubre de 2015

La zona de inconfort

¿A quiénes de vosotros les gustan las sorpresas?
Mentira, solo os gustan las sorpresas que queréis.
A las demás les llamáis problemas.
Tony Robbins.
 Si yo fuera jefe de un ejército y esto fuera la Edad Media, si me encontrara con un castillo en lo alto de una montaña alejada, con foso, gruesas murallas y rodeado de guardianes, no huiría pensando “vaya rey tan poderoso”, daría orden de atacar diciendo “vaya un monarca tan acojonado”.
Tendemos a pensar que a más candados, más seguridad, y construimos nuestra vida en un espacio cerrado y bajo llave. Sin embargo, el ideal de seguridad es la ausencia de cerrojos. En lugar de trabajar por tener un buen sistema de seguridad, control y alarmas, quizás sería mejor hacerlo para lograr una vida de puertas abiertas que permita entrar las sorpresas. ¿Y si las cosas más bonitas aún no las hemos visto?
Es un error pensar que somos obras concluidas. Hacerlo es el principio del conformismo y de una existencia apagada: “yo es que soy así”, dirán. Cada vez sospecho más de aquellos que parecen muy seguros y cada vez admiro más a aquellos que saben decir sin esconderse “pues oye, no lo sé”. La seguridad es el traje favorito de la ignorancia. Aquel que apenas se sorprende y dice “es que yo he visto mucho”, en realidad lo que ha visto es poco. El mundo es demasiado grande para perder la capacidad de asombro.
Uno de los mayores síntomas de la búsqueda de seguridad es la obstinación por tener razón. Sin embargo, el mayor prodigio de nuestra mente no es tener razón, es ser capaces de cambiar de opinión o soportar la duda. Tener una mentalidad fija en un mundo cambiante es, cuanto menos, poco adaptativo. La grandeza de una persona no está en acertar, sino en aceptar el reto de crecer. Dar más importancia al aprendizaje que a nuestro ego supone un salto cualitativo, y un salto así nunca es al vacío.
“Aquel que apenas se sorprende y dice “es que yo he visto mucho”, en realidad lo que ha visto es poco”.
No hay mayor enemigo del crecimiento que el estatismo, la rutina y la cabezonería, del mismo modo que no hay mejores amigos de la creatividad que el movimiento, la experimentación y la humildad. Atreverse a crecer es una elección que evidencia uno de los más grandes actos de valentía. Es dar el paso para verse pequeño, para saberse poca cosa y para renunciar a ese ego de creernos el centro. Madurar es aprender que vale más no saber nada de un mundo enorme que saberlo todo de un mundo pequeñito. A fin de cuentas, ¿qué es más hermoso?, ¿creerse en el cielo y mirar desde arriba la tierra o saberse en la tierra y mirar desde abajo al cielo? (Importante recordar que la palabra humildad deriva del latín humus, tierra).
Dice Seth Godin que “la búsqueda de la respuesta correcta es enemiga del arte”. Quizás la mejor forma de pasar por la vida sea como un artista. Ellos saben que el milagro de nuestra humanidad no es tratar de ver las cosas como son, sino rebelarse para transformar el mundo, y que no hay arte sin riesgo. Lo que da belleza y valor a los acróbatas y trapecistas no es lo que hacen cuando están sujetos, sino cuando están en el aire. Son esas décimas de segundo las que convierten un ejercicio en espectáculo. Son esos leves instantes en el aire los que, aunque sean cortos, sirven para justificar que el hombre, si quiere, vuela.
“El que no arriesga no… nada. Ni pierde, ni gana; ni sufre, ni ama. ”.
No existe una sola esfera bañada totalmente por la seguridad. Todo cuanto tenemos es susceptible de ser perdido: tu pareja, tu familia, tu trabajo, tu dinero, tu vida. No hay forma de escapar, y la única forma posible de no sufrir es la completa negación a todo. El que no arriesga no… nada. Ni pierde, ni gana; ni sufre, ni ama. “La alternativa a la inseguridad no es el paraíso de la tranquilidad, sino el infierno del aburrimiento”, dice Zigmunt Bauman. El mundo no es un lugar cómodo y seguro, es un lugar incierto con sus picos y valles. Hace falta ser muy valiente para amarlo tal cual se presenta. Cualquier moneda que no tenga dos caras es falsa (y nos hace pobres).
Ante lo incierto, es normal sentir temor. En el mundo no están a un lado los que tienen miedo y al otro los que no –miedo tenemos todos–, están los que temen desde la orilla y los que temen desde la barca, los que aspiran a los tesoros y los que los dejan para otros.
Todo cuanto vale la pena está en la zona de inconfort, porque todo es la zona de inconfort. No se trata de si sales o no de tu zona de confort, sino de si tiras tus muros, miras a la cara a los acontecimientos y aceptas que lo único cierto es que todo es incierto. Crecer es alejar la valla; la plenitud, quitarla.
Mudarse a la zona de inconfort es mudarse a ‘El universo de lo sencillo’: es ser valiente, atreverse a fracasar y pelear por no ser tu plan B; es aprender a soltar, disfrutar del vértigo y vivir de forma que te duela marcharte. Mudarse a la zona de inconfort es descubrir que nada importa tanto como nos creemos y que solo somos unas pequeñas cosas en medio de la inmensidad, que tenemos las horas contadas y que lo mejor que podemos hacer es dejar de preocuparnos por cosas insignificantes, mirar la vida como un juego y empezar a divertirnos.
Por esto, tienes dos opciones: ir o no ir; salir o no salir. Si no vas es posible que no pase nada que valga la pena, pero también lo es que pase algo. Si no vas, si te quedas, puedes esperar a que te cuenten qué pasó y, quizás, alegrarte si no te perdiste nada. Ahora bien, si vas, es posible que no pase nada, pero también lo es que pase. Corre el riesgo, sal, di sí, porque tal vez no ocurra nada, pero tal vez aparezcan los mejores momentos de tu vida.

Un joven no se rinde

Si empiezas a conquistar Viena, conquista Viena.
Napoleón Bonaparte.
Si quieres que alguien no entre en un sitio, no pongas una señal de prohibido en la puerta, porque la curiosidad le hará llamar; pon una señal de callejón sin salida a 50 metros y se dará media vuelta.
Si hay algo que el hombre no soporta es la sensación de perder el tiempo. Aunque esta idea se maquilla de lógica, lo que en verdad provoca es la pérdida de los puntos más nobles. Los primeros 5 puntos de un examen se consiguen con más facilidad que los 5 últimos. Los 5 últimos requieren… ¡tiempo! Así es el camino a la excelencia.
En el cuadrilátero de la vida se pierden más combates por abandono que por KO. Tenemos un concepto equivocado de lo que significa pelear. Pelear no es usar todos nuestros tanques en un ataque, es aguantar toda la guerra; no es soltar nuestros mejores golpes, es no bajarse del ring; es caer y levantar, caer y levantar. Pensamos que luchar es comenzar con todas nuestras fuerzas: terminamos los estudios, mandamos CV’s a todos lados y creemos que ya lo hemos hecho todo; conocemos a una persona que nos gusta, sacamos nuestras mejores armas unas semanas y si vemos que no lo conseguimos, a por otra. “El mar está lleno de peces”, decimos. Cualquier cosa vale. Es justo ahí donde comienza el conformismo.
La rendición empieza el día que decides que tu sueño puede ser reemplazado. Cuando vas al supermercado es normal que en vez de mantequilla compres margarina, o que en lugar de aceite de oliva elijas el de girasol, ¡es lo que toca en la juventud!, pero, por poco que lleves en los bolsillos, con las ambiciones no se regatea.
“Compromiso es ir paso a paso, pase lo que pase y le pese a quien le pese. ”.
Que te rindas cuando tienes 50 años y te has leído los 200 libros más importantes de la literatura y los 200 más importantes de tu campo y no has logrado vivir como escritor, lo entiendo; que lo hagas cuando tienes 20 o 30 años porque no tienes los likes o las visitas que quieres, no lo entiendo. Esto es solo un ejemplo de lo que por mi trabajo veo cada día, pero es ampliable a todos los demás ámbitos.
Vivimos asolados por un enorme déficit de pasión. Las cosas importantes cuestan. Las grandes metas no se logran por caminos de rosas perfumadas, sino de tallos espinados. Hace falta mucho arroz blanco para alcanzar un sueño. Es jodido ver cómo tus amigos se piden unas cañas y tú un vaso de agua, o decir que ya has comido cuando te preguntan si quieres ir a un restaurante, que “todos van”. Pero es también alentador saber que detrás de cada renuncia hay un escalón, y que cada “no” es una moneda que metemos en la hucha de un gran “sí”. Así es el compromiso. Compromiso es ir paso a paso, pase lo que pase y le pese a quien le pese.
El camino de las ambiciones es solitario y a veces descorazonador. Vives en un mundo donde hay gente que lleva haciendo lo mismo que tú mucho más tiempo. En vez de decir “no valgo”, di “aún no lo merezco” y sigue trabajando. Sinceramente, no creo que haya nadie que no pueda acabar tocando una sinfonía de violín. A unos les llevará más tiempo y a otros menos, pero no es un imposible. Tener uno ojo puesto en los demás te resta energía. Los dos ojos tienen que ir a tu objetivo. No tiene sentido culpar a los demás ni depender de su ayuda. Sin embargo, ocurre algo mágico con las personas que no apartan la vista de sus metas: al principio puede que las tomen por locas –siempre se dice eso cuando alguien se adentra en caminos sin huellas–, pero a medida que ven que no se apean, pronto empiezan a seguirlas. En el fondo, la gente no sigue a las personas, sigue sus causas. El convencimiento es uno de los estandartes del liderazgo. Es muy raro ver a un obstinado soñar solo.
Antes de lanzarte, es importante que reconozcas que aparecerán estos momentos difíciles. Medio recorrido es estar dispuesto a equivocarte y tener la humildad suficiente para cambiar de camino sin cambiar de meta. Que tu plan no fuera bueno no quiere decir que tu sueño no fuera válido. “Fracasa mejor”, decía Samuel Beckett; “fracasa diferente”, dice Sergio Fernández. No importa si hoy lo has conseguido, sino cuánto has hecho hoy por conseguirlo. Los que tienen prisa creen que las oportunidades son escasas y sienten que deben aprovechar ahora o nunca, pero el que corre muy rápido se cansa pronto. Todo guiso sale más rico a fuego lento. A veces solo se trata de elegir entre tener una vida burguer o una vida de cuchara.
“Cuando uno no quiere elevar sus capacidades a la altura de sus sueños, reduce sus sueños a la altura de sus capacidades. ”.
Lo peor de todo es que no se puede ser determinado en unas cosas y en otras no. La pasión no es un traje que te puedes quitar o poner según te parezca. El que no es capaz de pelear por su sueño y decirle “hasta que no te consiga no paro”, tampoco va a ser capaz de levantar una relación cuando todo parezca perdido o luchar contra una enfermedad a un todo a nada. Cada elección determina nuestro carácter. No te conviertes en alguien cuando tienes éxito, sino durante el esfuerzo. No aprendemos de nuestros errores, aprendemos de nuestros intentos. Esto ocurre por una sencilla razón: porque el único error es no intentarlo. El fracaso no define a las personas. Lo que añade valor a la acción es el intento, la perseverancia y la determinación. Rehuir el desafío es rehuir el desarrollo. Cuando uno no quiere elevar sus capacidades a la altura de sus sueños, reduce sus sueños a la altura de sus capacidades.
La edad no se mide en años, se mide en grados de apasionamiento. Un joven tiene la obligación y la responsabilidad de decirle a los mayores “oye, no, es que cuando tú no estés el mundo va a ser mío, no me digas cómo gobernarlo”. El corazón de un joven tiene que arder cuando ve lo que ama y sublevarse contra las señales que dicen “no se debe”, “no hay salida”, y no entender jamás qué es eso de quedarse de brazos cruzados cuando está delante la chica que le gusta. Un corazón así tiene que ver en una pequeña puerta un arco de triunfo, rebelarse ante quienes le dicen “no puedes” y decirles despacio y bien claro: “el miedo y el fracaso no van a regir mi vida, no necesito el permiso de la posibilidad cuando mi causa es mayor que mi ego”.
La juventud es pasión. Uno decide cuándo deja de ser joven, y un joven no se rinde.

Pase lo que pase

Pase lo que pase, antes de saltar, no mires abajo, ¿entendido?
Pase lo que pase.
En esa frase pasan muchas cosas. Pasa que las cosas pueden pasar. Pasa que se necesita un asterisco con tipografía 8 al final de página, que contemple las cláusulas de quien la dice. La famosa frase se ha convertido en nuestra navaja multiusos; la cuestión es que hay veces que se oxida. De no usarla o de usarla demasiado. Y en lugar de una cama de algodón que amortiza, se convierte en una señal luminosa con forma de exclamación que alerta. Por eso ahora, cada vez que escucho “pase lo que pase”, siento ganas de darle al enlace de “leer más”. Ya decidiré entonces si me fío o no. Cuando sepa si incluye “todo” o “casi todo”. O “casi nada”.
Y si te atreves a creerlo a la primera de cambio, te arriesgas. Como quien se arriesga a meterse en una piscina si no sabe nadar. Como quien da todo por los demás confiando en que le devolverán lo mismo. Como quien salta en paracaídas. Como quien se gasta sus ahorros en comprarse lo que quiere en lugar de lo que necesita. Si te atreves a creerte la frase te arriesgas.
“Si te atreves a creerlo a la primera de cambio, te arriesgas.”
Te arriesgas a tragar agua y que te salga por la nariz, a que no te den ni la mitad de lo que tú das, a que no se abra el paracaídas o a seguir necesitando lo que no te has comprado.
Pero… aprendes a que tienes que mover también las piernas. A focalizarte solo en aquellos que se lo merecen. Y no en los que no. A darle al botón para que se abra el paracaídas y puedas sentir la adrenalina en las venas. Aprendes a ser feliz porque tienes lo que siempre has querido aunque tengas que volver a ahorrar… otra vez.
Y eso, al final, es lo que importa.
Así que trata de leer el asterisco antes de firmar, siempre. Pero si te vuelves a equivocar, haz caso a Pepe Colubi, y disfruta de la caída. Porque quizás la vida sea “un trampolín más desde el que debes saltar sin saber dónde caerás. A lo mejor la vida es eso: continuos saltos al vacío”.

Cabeza, corazón y tripa.

 “Ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio.
Contigo porque me matas, y sin ti porque me muero”.
Antonio Machado.
Existen tres formas de querer: con la cabeza, con el corazón y con la tripa. En la cabeza, querer se llama preferir; en el corazón, amar; y en la tripa, desear. O quieres con las tres, o estás destinado al caos.
El amor es un juego de equipo. De equipo con la otra persona y de equipo contigo mismo. O mejor, es un juego de equilibrio(s). Aunque parezca mentira, uno puede querer tener algo a largo plazo con una persona, enamorarse de otra y querer acostarse con otra. Piensa en una mudanza en la que cada uno da una orden diferente de cómo colocar o montar el mueble. ¿A quién obedeces? El desastre y la discusión están asegurados. Una apuesta de éxito necesita unanimidad. Solo cuando cabeza, corazón y tripa se alinean, la persona elegida es deseada y el amor disfrutado. Ni basta con desear, ni es suficiente con preferir, ni vale con amar.
Cabeza, corazón y tripa son tres fuerzas que deben tirar juntas. Tres cuerdas que tan fácilmente se hacen un lío como hilan una hermosa trenza. Es la alineación la que nos mantiene de pie.
¿Te ha pasado alguna vez que Te ha pasado. Una persona te atrae tantísimo que, cada vez que la tienes cerca, Troya es a su lado una hoguera y las obras de Shakespeare, bien parecen literatura infantil. Te arde la tripa y te tiembla el cuerpo, pero la cabeza te dice que no es lo que buscas. O, al revés. Es una persona diez, ideal, cariñosa, valiente, atenta, buena, divertida… pero no te enciende. La cabeza diciendo sí, y tu tripa diciendo no.
Enamorarse es tripa; amar es corazón. Es importante no confundirlo, pues para amar hay que amarse, y enamorarse de una persona destructiva es lo contrario de amarse a uno mismo. La gran mayoría de dilemas y sufrimientos amorosos deriva de no enamorarse de lo que amas. Uno puede prendarse hasta del diablo, porque te enamoras de lo que te atrae, no de lo que mereces o de quien se lo merece. La tripa no entiende de justicia. Hay auténticos idiotas con bellísimas personas coladitas por ellos. ¿Alguien puede entenderlo? Es el ejemplo más evidente del poder que la tripa ejerce sobre la cabeza. Hace falta mucha madurez para no sucumbir.
“No estés con una persona porque sin ella mueres, sino porque con ella vives”.
Uno no elige de quién se enamora, pero sí elige a quién se expone. Dicho de otra forma: si no te rodeas de capullos, no te enamoras de capullos[1]. Si no les concedes tres cafés (cuando aún puedes), no desearás el cuarto. Igualmente, si ya te has enamorado, tú eliges si te dejas llevar o te impones. Para eso sirve la cabeza, para elegir, para recordarte que te enamores de lo que amas. ¿Cuál era tu ideal antes de conoceros? ¿Qué esperas de un compañero de viaje? ¿Qué querías? ¿Es esto? Enamórate de lo que amas y lo que solo te atraiga, fóllatelo (o lo que quieras, pero no confundas). Tener claro lo que queremos es el mejor filtro para evitar impostores. Lo que quieres o nada. Merécete y no te conformes.
Si pierdes el control, te pierdes a ti mismo; pero si te aferras demasiado al control, pierdes el disfrute. Equilibrio. La cabeza no puede ser nunca un freno, sino guía que nos diga cuándo controlar la pasión y cuándo liberarla; cuándo sacarla a bailar y cuándo dejarse llevar. El amor es un regalo demasiado grande como para no disfrutarlo. No estés con una persona porque sin ella mueres, sino porque con ella vives, entendiendo siempre que en el amor no todo son alegrías, que hay subidas y bajadas y que lo contrario a una vida amada es una vida plana.
Y el corazón, ¿qué dice de todo esto? Al corazón muchas veces no le da tiempo a opinar. Es ese jugador de banquillo que, aún caliente, no le da tiempo a saltar. El corazón necesita minutos. El corazón es apego, vínculo, hábito, conexión, y requiere un tiempo que muchas veces no se le da.
“No son buenos tiempos para el corazón”, se dice. Y no se dice por decir. Estamos en una época que bien podría titularse Te deseo mucho, te consigo rápido y te dejo de querer pronto. El corazón no entiende por qué es al último que preguntamos, o por qué si se traza un eje imaginario en nuestro cuerpo, él queda a un lado cuando la tripa y la cabeza quedan centrados; no entiende por qué no recordamos que la palabra cordura nació de él (cor- es corazón en latín), o que en inglés saber algo de memoria es sabido by heart ¿Es siempre más cuerdo el que más piensa? ¿Al lado de la razón no está la co-razón?
“Tener claro lo que queremos es el mejor filtro para evitar impostores. Lo que quieres o nada”.
El corazón es tan necesario como la cabeza, pues el único antídoto contra el miedo es el amor, y tanto amor como miedo coinciden en algo: no atienden a razones. Cualquier argumento racional, ni mitiga el miedo, ni espanta al amor. Por muchas veces que te digan que el avión es el medio más seguro, no se pierde el miedo a volar. Hay que aprender a vivir con el miedo de la misma forma que hay que aprender a vivir amando. Es el corazón quien te permite seguir a pesar del susto. No hay vuelo largo (que merezca la pena) sin turbulencias.
Una última vez: cabeza, corazón y tripa, por muchas diferencias que presenten y por muchas discusiones, deben darse unidos para resolver los indicios que apuntan a que el amor es casi siempre paradoja. Es ese “hielo abrasador” o ese “fuego helado” que decía Quevedo, o ese “ni contigo, ni sin ti” de Sabina o de Machado. Es necesario que recordemos que en el amor, como en todo, no puede haber siervos: ni la razón de la pasión, ni el corazón de la cordura. Todos son necesarios: la cabeza para sugerir paciencia cuando la tripa diga “quiero, quiero y quiero”; el corazón para decirle a la razón “tranquila” cuando con las dudas le invada el miedo; y la tripa para encenderle una vela al corazón cuando se crea apagado.

Queridos padres...

Cuando mis hijos eran pequeños, solía jugar a un juego con ellos.
Le daba una ramita a cada uno y les decía: “rompedla”.
Podían hacerlo, era muy fácil. Luego les decía:
“atadlas todas juntas y tratad de romperlas”. No podían.
Entonces les decía: “esas ramas juntas es la familia”.
Una historia verdadera.
Queridos padres,
Estoy bien. Sé que estáis preocupados y que, en el fondo, es algo incluido en la suerte de ser padres. Siempre habéis querido lo mejor para mí y buscado mi felicidad, y sé bien que todo cuanto habéis hecho ha nacido desde la mejor de las intenciones. Ahora, con la mejor de las mías, me gustaría pediros algo más
Quiero que me queráis como soy, que me apoyéis y que me acompañéis en mis decisiones. El mundo ya tiene demasiadas complicaciones como para luchar también contra vosotros. Os quiero a mi lado y de mi lado.
Sois el espejo en que me miro cada día y quiero ver en vosotros lo que vosotros queréis ver en mí. Quiero ver valentía, quiero ver felicidad, quiero ver amor.
Quiero que nos liberemos de lo que un día dimos por sentado. Cuesta comprender que las cosas cambian y que las reglas que antes funcionaban, ya no lo hacen. Yo también tenía unas expectativas. Para ser sinceros, casi toda mi vida creí que si estudiaba bien durante muchos años, encontraría un buen trabajo en el que iría ascendiendo con el tiempo, como vosotros. También pensé que el amor era sencillo y que a los veinte encontraría una pareja tan inocente e inexperta como yo con quien aprendería, construiría y envejecería. Sin embargo, las cosas no han sido así: estudié mucho, me formé bien, aprendí idiomas, trabajé gratis y me ofrecí a todo lo que pude; y en el amor… bueno, ¡en el amor de hoy esto es un caos!
De todo esto he aprendido que, por muchas expectativas o preferencias que tengamos, la vida tiene sus propios planes y no suele contar contigo. Y no importa nada de lo que tú esperases si cuando todo se desvanece no tienes un plan alternativo. Por eso aprendí también que tan importante como establecer una meta es saber improvisar, y que no puedes parar el baile porque a mitad del concierto se te vuele la partitura. Vivir es atreverse a no saber.
“Solo quiero tres cosas de vosotros: apoyo, abrazo y tupper”.
Queridos padres, sé que habéis vivido muchas experiencias hasta llegar a donde ahora estáis y que podéis darme grandes consejos. Sin embargo, a veces viene bien recordar que las mejores lecciones no solo vienen del ejemplo, sino también de la experiencia, y que la respuesta que uno encuentra de una forma, otro puede encontrarla de otra. No es más sabio el que sabe mucho de un camino, sino el que sabe que hay más caminos. Sé que no queréis verme fallar, pero en el camino del aprendizaje, a veces vale más ser dueño de un error que esclavo de una acertada directriz. Es por esto que necesito el espacio necesario para caerme, porque solo de ese modo aprenderé a levantarme. Papá, mamá: dejad que me equivoque.
Comprendo que tengáis miedos. A veces, es el peaje que pagamos cuando deseamos ver feliz a alguien que queremos. Pero dejadme que os diga algo: vuestro miedo no me ayuda. Necesito que toméis vuestro a la ligera para que así pese menos y en la balanza siempre gane la risa, pues “unos padres con los que uno puede reírse, son unos padres a los que uno puede recurrir en tiempos difíciles”.
Se que daríais lo que fuera por mí, pero en el fondo, solo quiero tres cosas de vosotros: apoyo, abrazo y tupper. Apoyo en mis locuras, abrazo en mis flaquezas y tupper si, por intentarlo, viniera el hambre. Con esas tres cosas soy invencible. No me sobreprotejáis: apoyadme. No hagáis por mi lo que yo puedo hacer por mí mismo: enseñadme sin imponerme. Y, cuando me abracéis, no quiero un abrazo fuerte que me ahogue, sino uno sentido que me de calor. No me queráis mucho, queredme bien, pues no todo mucho es bien, pero todo querer bien es mucho.
“Necesito que si lo llamasen locura enloquezcáis a mi lado”.
Quiero que me queráis como soy, sin querer cambiarme, porque es la única forma de querer. Amar no admite apellidos, y si aún así un asterisco en rojo pidiera no dejar ese campo vacío, el apellido sería libertad. No esperéis de mí que sea como vosotros queréis y aprendamos a vivir con nuestras peculiaridades, pues son esos espacios diferentes los que, unidos, nos hacen más grandes. Crecer es enlazar las diferencias. Una mano para agarrarnos y la otra para llegar más lejos.
Queredme con mis ilusiones. Estad a mi lado en mis sueños, pues no quiero si los alcanzo mirar atrás y preguntaros “dónde estabais”; ni escuchar, si no los consigo, un “te lo dije”. Somos equipo, no guerra.
No quiero que me recordéis cada día lo difícil o improbable que es abrazar una pasión, eso ya lo sé yo. Cuando se trata de temer, soy el primero en temblar. Quiero escuchar que nada vale tanto como para hacerlo necesario, ni tan poco como para no intentarlo. No quiero que me hagáis sentir que mi valor depende de lo que tengo o lo que gano, vosotros no, por favor, para eso ya están el mercado y los idiotas. De vosotros necesito otra cosa: necesito que soñéis conmigo. Necesito que si lo llamasen locura enloquezcáis a mi lado, pues siempre habrá alguien dispuesto a limitarme, y no quiero que sean precisamente vuestras manos las que claven en el suelo la valla que divide lo posible y lo imposible; quiero que os mudéis conmigo al espacio de lo imaginable y, entonces sí, nuestras fuerzas, emplearlas allí.

miércoles, 14 de octubre de 2015

El día que decides conquistarte

No busquemos solemnes definiciones de la libertad.
Ella es sólo esto: responsabilidad.
George Bernard Shaw.
La única diferencia entre un vagón de primera y uno de turista es la comodidad con la que llegas a donde te llevan. Por mucho que cueste el billete, todos los vagones siguen a uno anterior, y el que no lo hace, sigue una vía. La auténtica manera de vivir un viaje en primera es elegir tu destino, tu vía y tu tren.
Somos punto de encuentro de muchas fuerzas (pasado, opiniones, deseos, miedos). Todas ellas, muy poderosas. En nuestra mano, en cambio, solo disponemos de una (aunque superior a las demás): la fuerza de voluntad. Si bien en número perdemos, podemos ganar por coraje y amor propio.
Conquistar las opiniones
Pocas cosas hay más complicadas que librarse de las opiniones de los demás. Lo ideal es decir que nada de lo que te digan te debe afectar, pero no dejamos de ser personas que se sienten refugiadas con el cariño y el reconocimiento e incómodas con la infravaloración. El ser humano es un animal de abrazos.
Conquistar las opiniones es aceptarlas sin que afecten a tus ambiciones; es ser consciente de que todo el mundo es libre de expresarse, pero que, como toda libertad en un mundo compartido, tiene un límite. La opinión de los demás acaba donde empieza tu sueño. Es necesario saber distinguir cuándo escuchar y cuándo desoír, así como ser conscientes de cuándo apartarse de las opiniones y cuándo de las personas.
Conquistarse es saber plantarse, no dejarse vencer por las palabras o sentimientos de otros y, cuando se trata de tus ilusiones, no dar nunca más valor a lo que otros crean que a lo que tú crees.
“La opinión de los demás acaba donde empieza tu sueño. ”.
Conquistar el pasado
Uno solo puede ir en busca de nuevas tierras cuando tiene asegurada su orilla. Es la diferencia entre ser nómada y ser conquistador. No se puede avanzar mirando atrás (o no es muy recomendable). A pesar de que nos ha tocado vivir en una época con muchas más comodidades, recursos y posibilidades que generaciones anteriores, es extraño encontrar vidas que no hayan tenido un pasado con limitaciones, dolores u otros obstáculos como épocas de crisis, enfermedades, pérdidas de algún familiar, divorcios, padres controladores u opresivos…
Hay una bellísima reflexión de J. K. Rowling que dice así: “Hay una fecha de caducidad para dejar de culpar a tus padres por orientarte en la dirección equivocada: el momento en que eres lo suficiente mayor para coger el volante, la responsabilidad reside contigo”. Requiere mucho coraje llegar a comprender el pasado y dejar de responsabilizar a tus circunstancias. Pocos gestos hay más nobles que mirar atrás, perdonar a quien haya que perdonar y seguir adelante. El perdón es cambiar en el presente la lectura que le damos al pasado. Todo libro viejo es uno nuevo cuando tú eres otro.
Dice George Bernard Shaw que la libertad no es otra cosa que la responsabilidad, y que lo demás son definiciones solemnes que no debiéramos buscar. Seguramente no le falte razón, pero una palabra tan bella debe prestarse más para la inspiración. Desde hace algún tiempo me gusta pensar que, de alguna forma, la libertad es evitar que tu pasado prediga tu futuro. Por mucho que condicione el pasado, siempre hay un pequeño espacio sobre el que imponerse.
“No hay mayor conquistador que quien se conquista a sí mismo.”.
Conquistar tus deseos
Si creáramos un Diccionario de uso de frases antónimas, el contrario de “qué bueno soy” sería “qué mala suerte tengo”. Nos sentimos más a gusto siendo víctimas que responsables, excepto cuando logramos algo importante, claro, en ese caso la medalla y la gloria son nuestras. Las excusas se han convertido en el mejor aliado del inmovilismo. En lugar de aprovechar la oportunidad de vivir verdaderas aventuras, hemos asentado el campamento en la queja y no en la acción. “La culpa siempre es de los otros”, “este país va mal por culpa de los políticos”, “es que el árbitro…”, “ya, pero es que poca gente puede vivir del arte”, etc.
Conquistar tus deseos no tiene que ver con lograr los objetivos, sino con apostar por ellos y no bajarse. El éxito es siempre un premio pequeño al lado del mérito de ir tras lo que se desea. Nunca eres tan responsable de lo que consigues como lo eres de tu dignidad. Conquistarse es dejar de echar balones fuera, coger la pelota y decir “este penalti lo tiro yo”.
Conquistar tus miedos
Imponerse a los miedos no es lograr que estos desaparezcan. Somos humanos y no es nuestra misión dejar de serlo. Imponerse es, como ya dijimos, abrirte a la zona rica: la zona de inconfort. Conquistar tus miedos es no quedarte en tierra porque temes volar, es mirar al marcador y ver Temblores 1, Yo 2.
De todos los días del calendario, hay uno que es especialmente especial. Es el día en que descubres que, a pesar de todas las fuerzas que te han enviado hasta ahí, puedes dirigir tu camino. Es el día en que decides no culpar a los demás y pasar al asiento delantero. Ese día te olvidas de lo que deberías ser o lo que esperan de ti, les perdonas, les comprendes y sigues tras la persona en que tú realmente te quieres convertir. Ese día dejas de vivir a rebufo de los demás, abandonas la comodidad del vagón, y empiezas a diseñar un mundo mucho más rico: tu mundo. Es el día que decides conquistarte.

Déjate sorprender

“Pensaba follarte y luego pasar directamente a otra,
pero no ocurrió así”.
Desmontando a Harry (Woody Allen.)
Los grandes regalos no suelen tener hueco en nuestra casa. Tenerlo supondría haber estado viviendo con un gran vacío mientras llega. Es por esto que muchas veces rompen y obligan a reorganizarlo todo. Y es por eso que mucha gente los desecha, porque aceptarlo supondría un fuerte cambio de planes.
Las personas más especiales no van a aparecer en tu vida en una mañana soleada en la que todo está perfecto, quizás lo hagan en mitad de una noche de lluvia. Nunca es el momento perfecto para la tormenta perfecta. Nada es más difícil de encajar que dos vidas.
La salsa de la vida no son los sueños, ni las metas. Ni siquiera sus logros. La salsa de la vida son las sorpresas. Aunque parezca mentira, hay quien tiene sobre la mesa un regalo envuelto y no lo abre. “¿Para qué?… si no necesito nada”, “tendré que devolverlo…”, “no lo merezco”, etc. Pero los regalos no se merecen, se dan, se reciben y se abren… pero no se merecen. Muchas veces, de hecho, los regalos son injustos y caen en manos de quien solo merece carbón, pero precisamente por eso son regalos, porque son una nueva oportunidad para darle a nuestra vida un rumbo diferente.
¿Por qué controlarlo todo? ¿Por qué vivir anticipando? Es cierto que saber lo que se quiere y dónde se va son pilares indispensables para adueñarse de uno mismo y caminar sin dar rodeos. Sin embargo, en todo intento de control y dirección de nuestra existencia debe haber un espacio para acabar a la deriva. Un espacio para la magia, el misterio y las sorpresas. Como los pájaros: momentos de aleteo voluntario seguidos de momentos en que cerrar los ojos, abrir las alas y planear.
La verdadera riqueza no está solo en rodearte de aquello que encaja a la perfección con tus gustos, tus hábitos o tus preferencias. Todo aquel que se aferra a un catálogo pierde más de lo que gana, pues en un mundo tan rico nunca una lista incluirá más cosas que las que deja fuera. La verdadera riqueza está en saber cuándo tomar el control y cuándo soltar el volante, apagar el GPS, dejarse llevar y llenar tu vida con unas pizcas de alboroto. Enriquecerse no consiste en poner el mundo a nuestro servicio para que encaje, sino en estar dispuestos nosotros también a ponernos al servicio del mundo, ser unas veces pie y otras zapato.
“El amor muchas veces empieza en acojone, es su forma de decir “aquí has de buscar””.
Presumimos con demasiada facilidad de que nos gustan las aventuras. Pensamos que una aventura es subirse a un avión, saltar por un paracaídas y compartir la foto, pero a pesar de ser una experiencia excitante, le falta el toque más importante de una aventura: la incertidumbre. A fin de cuentas, cuando saltas, sabes que lo más probable es que vuelvas a tocar la tierra de la que partiste. Ahí acaba todo. Sin embargo, en las auténticas aventuras el final está abierto. La valentía está en atreverse a no volver, aunque al final acabes tomando el camino de regreso, porque no importa que vuelvas tanto como que fueras con la intención de entregarte al momento y sin retrovisor. Las mejores historias no compran billete de ida y vuelta. Vuelvas o no.
Asusta mucho dejar de hacer lo que siempre has hecho y reconocer que hay una chica o un chico que te encanta para quien no estabas preparado. El amor muchas veces empieza en acojone, es su forma de decir “aquí has de buscar”. Pero en un mundo de perfeccionismo y exigencias nada apetece más que quedarse en casa debajo de la sábana. Es la zona más segura y da miedo abandonar tu estado habitual. Por eso el amor hace a veces temblar, porque amar es crecer y porque crecer requiere abrirse a la zona de inconfort.
Poder decirle a alguien “nunca conocí a nadie como tú” es objetivo y peaje. Objetivo porque nadie debería estar con alguien que, en cierto modo, no de la vuelta a su mundo y le cambie su forma de mirar, y peaje porque todo nuevo mapa asusta.
“Uno no ve un diamante y sigue caminando”.
Ve o no vayas, pero si te quedas que sea porque donde estás lo amas, no porque donde pudiste ir lo temes. No existe una buena vida y una mala, o, mejor dicho, no hay una sola fórmula para vivir felizmente. No se trata de vivir soltero, en pareja o alternando, sino de elegir lo que queremos con la total libertad que solo otorga haberse atrevido a probar con plena atención, no con un pie en la orilla y otro en el agua, sino con los dos a la vez y de un salto. Prueba, conoce, pero a corazón abierto, (recuerda, como los valientes: de un salto y sin retrovisor), y una vez lo hayas hecho, elige, pero que no decida tu vida ni el miedo a lo nuevo ni el amor a lo seguro, pues si de algo son enemigos el miedo y la seguridad es del crecimiento.
Nadie realmente genial va a aparecer en el momento que tú esperas. Ella no lo va a hacer. Él no lo va a hacer. Aparecerá cuando estés despeinado, cuando simplemente buscabas paz, cuando “solo ibas a sacar al perro” o cuando “una copa y nos vamos”. ¿Qué vas a decirle entonces? “¿No, perdona, es que el martes me toca leer el nuevo artículo de El universo de lo sencillo?”. Uno no ve un diamante y sigue caminando. Ojalá llegue un martes en que no estés por aquí porque alguien ha roto tus planes. Ojalá te eche de menos porque estés improvisando.
Déjate sorprender, atrévete a probar y decide después.