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viernes, 2 de octubre de 2015

¿Alguien Recuerda Lo Que Significaba “Te Quiero”?

No sé quién me da más miedo, la gente que no es capaz de decir “te quiero” o la gente que los regala como si fueran caramelos de la caja de ahorros.

De las parejas que se enamoran en media hora, tienen una relación en Facebook en dos días y te petan el muro con lo mucho que se aman cuando llevan media semana juntos, pues tampoco creo que haya mucho que decir. Quien más, quien menos, todos nos hemos emocionado con alguien más rápido de la cuenta alguna vez, aunque, por suerte, no todos hemos tenido la necesidad de reventar Internet con la historia como si fuera la boda de Brangelina. Lo normal es que, cuando te pase esto, te pegues un batacazo, espabiles, y a la próxima andes un poco más con pies de plomo.

A la gente que vive atrapada en este bucle de intensos romances de dominio público que duran mes y medio solo decirles: sois muy pesados. Nos da igual. En serio, nadie piensa “Qué monos, qué envidia”, la gente solo desea en secreto que entréis en coma diabético. Si estás en duda de si puedes estar intoxicado por esta enfermedad, pero la inmensa felicidad que te produce estar con tu churrilove podría estar corroyendo tus capacidades cognitivas, échale un ojo a tus amigos de Facebook, si van mermando non-stop, ahí tienes tu respuesta.

A la antítesis de los empalagosos de arriba yo los suelo llamar “estreñidos emocionales”. De esto solemos pecar todos en alguna época de la vida, y para muchos directamente es una forma de enfrentarse a ella. Algunos se definen como independientes, escépticos y realistas (nunca pasotas, desconfiados y depresivos, qué va). Cuestionan constantemente la existencia del amor, suelen decir que es una invención literaria y su eslogan para las relaciones es “Para qué vamos a ponerle nombre a las cosas”.

Hay gente que viene fría de fábrica y nunca encuentra a nadie que les ablande por dentro. Hay gente que se ha colocado esta coraza para protegerse de lo que pueda venir, que más vale malo conocido que bueno por conocer, y una vez acostumbrados a la soledad, no parece tan mala compañera. Hay gente que tiene tanto miedo que ni siquiera se da cuenta de que las decisiones las toman sus fantasmas en lugar ellos. Hay gente que es así porque “les sale” y hay otros que constantemente se obligan a reforzar estas barreras que nada tienen que ver con su verdadero yo.

Creo que en muchos casos esta incapacidad a la hora de verbalizar el amor no es por frialdad, sino por todo lo contrario. Que alguien que realmente tiene un concepto muy elevado de lo que es el amor, y el compromiso que conlleva, no quiere precipitarse. Y no hablo solo de abrirse y exponerse ante otro, del miedo al rechazo, es sobre todo que si realmente le das a esas palabras la importancia que tienen, cuando le dices a alguien “te quiero” estás diciendo mucho más. Le estás diciendo que le aceptas como es, que vas a estar ahí cuando lo necesite y que no puedes imaginarte una vida en la que nunca os hubierais conocido, le estás haciendo una promesa y no quieres traicionarle. Y al final nos encontramos con que estamos tan intoxicados de te quieros vacíos que a veces cuando nos llega uno de verdad no tenemos ni idea de qué hacer con ello.

¿Dar Para Recibir o Dar Sin Esperar Nada A Cambio?

¿Nunca has conocido a esa clase de persona a la que cuanto más le das, menos recibes? Es algo que te rompe los esquemas ya que cuando alguien te interesa, lo que te nace es dar y dar, sin condiciones ni miramientos, pero, ¿y si eso fuera contraproducente? ¿y si la clave estuviera en todo lo contrario? ¿y si la sensación de no tener las “cosas hechas” es la que mueve el interés?

Quizás estamos tan acostumbrados a tener todo tan “a mano” que “lo fácil” deja de tener interés. Y parece que estamos en un momento en el que complicarnos la vida nos hace desear más, de manera inequívoca, lo que creemos que no podemos tener.

Soy consciente de que lo que debería ser es dar sin esperar nada a cambio, pero aun así, en ese caso, ¿quién es capaz de no esperar nunca nada? ¿cómo se controla hasta cuánto tienes que esperar de alguien?

Para los que de manera envidiable utilizáis las reglas de las magnitudes directamente proporcionales, nada que decir, sois coherentes y prácticos. En cambio, para los que tienen ese inevitable imán hacia las cosas complicadas, hacia las causas perdidas,  creo que quizás, en algunos casos, merece la pena utilizar un poco la cabeza para autoprotegerse, incluso como “estrategia” para conectar con alguien. Y sí, suena muy frío lo de estrategia, pero en tiempos de conquista, cada uno es libre de poner sus reglas del juego y, además, lo de guardarse un par de ases en la manga está más que inventado. No se trata de hacer el papelón de tu vida, cada uno es como es y te deben querer tal cual, pero quizás no te venga mal poner en manos de tu inteligencia emocional algunos aspectos de tu modus operandi en el arte de cortejar.

Claro que habrá valientes admirables que de manera muy generosa abarquen las relaciones con el corazón abierto y queden conscientemente expuestos a en algún caso no recibir absolutamente nada a cambio. Si, por el contrario, estás en ese momento en el que una fina armadura te vendría de perlas, a veces menos es más, y ser cauto, observador, seguro y poco previsible pueden ser las cartas que necesites para llegar a esa persona sin demasiada exposición.

Ojo, si en esos primeros pasos consigues recibir algo, no olvides ir quitándote tu armadura, pues no es sostenible mantener una relación en la que todo el mundo está a la espera de recibir sin dar. Y además, ¿no sería una pena que nadie nunca arriesgue? En fin, esto de los sentimientos y la ley de la oferta y la demanda es un lío muy personal. Se abre el debate.

¿Y Si Estuviéramos Todos Locos?

Locos, pero totalmente. Locos hasta el punto de no distinguir lo que es real de lo que no. Imaginad por un momento que todos somos esclavos de un sistema a lo Matrix, que todo lo que hacemos lo hacemos porque alguien nos ha programado para que lo hagamos sin darnos cuenta de que no somos dueños de nuestra voluntad. Imaginad que el mundo no es lo que creemos que es, que solo vemos y creemos lo que nos han puesto delante de los ojos.

Imaginad que ese mismo sistema nos ha dicho lo que está bien y lo que está mal; lo que es posible y lo que es imposible; lo que nos debe importar y lo que no; lo que debemos amar y lo que debemos odiar; lo que debemos creer y lo que debemos negar. Y también imaginad que nos ha implantado en el cerebro la idea de que todo el que no cumple las pautas es el loco, de manera que nosotros mismos nos encargamos de vigilar que el equilibrio se mantenga.

Imaginad que no somos libres, que vivimos dentro de un sistema que nos dice cuándo y cuánto hay que estudiar, cuándo y cuánto hay que trabajar, que nos pone las normas a seguir para ser personas aceptables y no ser apartadas. Un sistema perfectamente pensado para que nadie se dé cuenta de que está enganchado a él: que nos da libertad pero nos dice cómo tenemos que usarla; que nos ofrece emociones tan irracionales como el amor, pero nos ha enseñado que debemos vivirlas de manera controlada; que nos dice que disfrutar es lo más importante, pero no nos deja tiempo para hacerlo porque nos hace creer que tenemos todo el tiempo del mundo; que crea naturalmente la sensación de que tomamos decisiones, pero con la misma naturalidad nos dio todas las respuesta incluso antes de hacernos las preguntas.

Imaginad que el sistema está en todas partes, que controla todo lo que hacemos y todo lo que somos. Que está en la televisión, en la radio, en los periódicos, en las escuelas, en Internet. Imaginad que incluso lo llevamos en nuestro smartphone. Un sistema que desde pequeños nos ha estado bombardeando durante varias horas al día, todos los días del año, desde el primer momento en el que tuvimos conciencia, programándonos para ser humanos en serie. Humanos demasiado ocupados con las tareas asignadas como para preguntarse si realmente existe un sistema.

Ahora dejad de imaginar, y empezad a pensar.

¿Y si estuviéramos todos locos?

Si No Eres Capaz De Aceptar, Estás Condenado A Fracasar

En la carrera de los defectos personales, la necedad debe estar entre los primeros puestos. Sí, esa actitud inflexible que destaca más por lo irracional que por lo intransigente, donde esa persona que es “necia” no tiene más argumentos que “porque me da la gana”.

El necio es torpe, testarudo, cae mal y para quienes le rodean no es más que un enfermo mental. Nada lo razona, todo lo escupe, lo grita, lo impone y para él –o ella– no existe tal cosa como “ganarse”, sino más bien “imponerse”. El necio no justifica sus acciones, no tiene porqués, solo se deja guiar por los impulsos del momento, por corazonadas que confunde con “intuición”, pero que realmente son estupidez en carne viva. El necio no acepta, y si no eres capaz de aceptar, entonces estás condenado a fracasar.

Las personas huyen con facilidad de las responsabilidades y prefieren dejar en manos de otros la toma de decisiones, porque la angustia sobre si acertarán o fallarán tiene un peso muy grande para su mediocre entereza individual. Dejar que otros tomen decisiones por ti, ocultar la verdad o decir mentiras son solo algunas de las consecuencias de ser un verdadero irresponsable. Y en este mundo los irresponsables pueden tener suerte algunas veces, pero jamás tendrán éxito.

Porque el éxito es para los de alma grande, no para los pusilánimes; para los que entienden que asumiendo responsabilidades y aceptando errores se triunfa en este paraíso de experiencias que es la vida. Nadie que acostumbre a evadir, a negar, a mentir, podrá competir jamás con esos que corren riesgos, que se aventuran aun cuando pierden; porque tienen las pelotas para pararse de nuevo, para empezar como si nada, para seguir siendo ellos por encima de todas esas señales de culpa y reproche. ¿Podrá un necio con eso? Jamás.

Si no eres capaz de aceptar, entonces estás condenado a fracasar, porque tu regla es: yo no aprendo, yo solo creo que me las sé todas. Pero cada cosa que el necio dice, hace y cada paso que da no tiene ningún sentido, ninguna lógica, solo una estúpida ocurrencia.

¿Conoces algún necio? Seguro que sí. El problema es que a veces no nos atrevemos a decírselo a la cara, con lo cual irremisiblemente estamos aprobando su actitud. ¿Eres tú? Cambia rápido; el primer paso es aceptarlo antes de que sea demasiado tarde.

El consejo es sencillo: acepta, antes de que lo pierdas todo.

El Mundo Cambia Cuando Dos Se Miran Y Se Reconocen

¿Alguna vez te ha pasado que para sentir que quieres a alguien te basta con solo mirarla? Y es que esa teoría que algunos aplican sobre el hecho de medir la intensidad del amor según el tiempo es realmente tonta. Negar que podemos sentirnos enamorados en tan solo un cruce de miradas es evadir la realidad de que aún existen cosas que no podemos explicar, pero para eso sí nos servirá el tiempo.

El amor no es inexplicable, pero algunos sentimientos sí. Cuando sentimos que conocemos a alguien de toda la vida pero apenas la estamos viendo por primera vez, simplemente estamos actuando guiados por la intuición. Es un acto del subconsciente, quizás él sí se está percatando de detalles que a simple vista no podríamos explicar pero que poco a poco haremos. Se puede tratar de su mirada, de la forma en la que frunce el ceño; tal vez es solo su tono de voz o esa sonrisa que la hace quedar en evidencia. Lo cierto es que no lo explicaremos a la primera.

“Una mirada dice más que mil palabras” entre tantas otras que quizás no te dicen nada; la viste, la reconociste y ahora solo te queda actuar. Sin duda que es difícil de explicar, y no pretendamos hacerlo inmediatamente. Mientras descubrimos de qué se trata, no nos queda otra más que dejarnos llevar por esa sensación que parece confirmarnos que ella es la indicada, que no hay que seguir buscando a alguien más.

¿El mundo cambia cuando dos se miran y se reconocen? Claro que sí; cambia el mundo de ellos y el de nadie más. Porque antes eran dos completos extraños y el conocerse le da sabor a sus vidas; esa incansable búsqueda del complemento parece haber llegado a su final. Tienen frente de sí un nuevo comienzo, ese que les servirá para confirmar si su instinto les quedará bien o mal.

¿Cuántas veces te has equivocado por tu intuición? Nadie lleva la cuenta de esto cuando dejan que los guíen las emociones; y qué importa si otras veces nos ha fallado ese sexto sentido porque siempre le terminamos dando una segunda oportunidad. En realidad lo hacemos por nosotros mismos, porque deseamos creer que es verdad; por fin hemos encontrado a esa persona especial y eso significa una sola cosa: ya no tengo que buscar más. ¿Qué hacemos con el tiempo? Aprovechémoslo al máximo y veamos qué tal nos va.

jueves, 1 de octubre de 2015

No Es Que Sin Ti No Pueda, Es Que Sin Ti No Quiero

Puede que hace algunos años nos fascinase tener a alguien que se arrastrase por nosotros, capaz de dejarlo todo por estar a nuestro lado. Soñábamos con un amor ciego, sordo y mudo, y estábamos dispuestos a darlo todo también, hasta perdernos. Nos parecía maravilloso escuchar a alguien decir “no puedo vivir sin ti” o ver cómo dejaba de quedar con sus amigos por estar a nuestro lado.

“No podrás querer a nadie más de lo que te quieras a ti mismo”

Podemos ser adictos a muchas emociones, por eso dicen que enamorarse puede ser una droga tan letal como la cocaína. Es muy diferente querer a alguien que depender, aunque el lenguaje del amor muchas veces nos confunda con falsas pistas, como frases románticas que nos han vendido tantas canciones o películas, y que en realidad están contaminadas de egoísmos, actitudes posesivas y una muy baja autoestima.

“Después de un tiempo,
uno aprende la sutil diferencia
entre sostener una mano y encadenar un alma.

Y uno aprende…
que el amor no significa acostarse
y una compañía no significa seguridad.

Y uno empieza a aprender…
Que los besos no son contratos
y los regalos no son promesas”.

Fragmento del poema “Con el tiempo uno aprende”, de Veronica A. Shoffstall.

Con el tiempo vamos descubriendo que el amor es otra cosa, y las relaciones distan mucho de ese tipo de relaciones parasitarias que tanto nos vendió Hollywood. Llega un momento en que no hay nada que resulte más atractivo que alguien que se quiera a sí mismo; una persona que elija quererte, aun cuando ya estaba feliz sin estar a tu lado.

Nosotros mismos nos vamos dando cuenta de que podemos estar solos, y de hecho se está muy bien soltero. Por eso, si elegimos estar con alguien no es porque no podamos vivir sin él o sin ella, sino porque nos merece la pena a pesar de estar tan bien solos. Nos compensa renunciar a la comodidad de abrir la nevera y coger cualquier cosa, o tener media cama en vez de una entera, y adaptarnos a los gustos de la tele del otro.

Tener una relación implica adaptarse, pero cuando quieres a alguien te merece la pena.

Es muy fácil caer en determinadas rutinas de dependencia, y a todos nos puede pasar en un momento dado. Porque más allá del amor, el otro puede ser un compañero, alguien que escuche nuestras penas, que nos venga a recoger al trabajo, o que nos haga masajes en la espalda. Podemos acostumbrarnos a que nos desabrochen el vestido por detrás, o a que nos preparen aquel plato que nos encanta. Pero cada día, cada instante, deberíamos recordar que somos libres de quedarnos o marchar, y es sobre el suelo de esa libertad constante donde podemos construir un amor sólido y auténtico.

Creer Ciegamente A Veces Es La Única Respuesta Lógica

¿Qué significa creer? Según la RAE: “Considerar una cosa como verdadera o segura o pensar que existe, sin tener pruebas de su certeza o un conocimiento directo de esta”. Normalmente, cuando decimos que ‘creemos’, hacemos referencia a la religión, pero hay mil cosas en las que se puede creer: en ti mismo, en los demás, en el poder del amor, en la suerte, en la bondad humana por naturaleza…

La gente que cree, sea en lo que sea, suele acabar siendo tachada como ingenua. Y es que el mundo actual, tan avanzado en la ciencia y en el pensamiento racional, deja poco espacio para aquello que no tiene explicación. Necesitamos que todo esté en su sitio, que todo cuadre, que las piezas estén en el tablero para que podamos entender el juego. Y lo que no nos deja entenderlo lo eliminamos.

“En la vida debe haber más cosas de las que vemos. Todo el mundo necesita creer en algo”. Esta frase se la dice Marge a Lisa Simpson en el capítulo Lisa, la escéptica (temporada 9), en el que la pequeña se declara en rebeldía ante todo Springfield cuando aparece un supuesto ángel (la verdad, yo la entiendo, y es que los habitantes de ese pueblo darían el pego en Tordesillas).

Lisa no acepta aquello para lo que no tiene una explicación lógica, es la representación del escepticismo absoluto. Hay dos tipos de escépticos: los que han pasado por una experiencia que les ha hecho perder la fe, o los que como ella piensan que son demasiado inteligentes como para creer en algo que no pueden demostrar.

Pero la razón da igual, en ambos casos son personas que están jodidas. Ser escéptico te lleva a cuestionarlo absolutamente todo, pero cuantas más respuestas encuentras, más preguntas aparecen; cuanto más creemos saber, más cegados estamos, menos fe tenemos. Y mientras gastas tu tiempo enfrascado en esa búsqueda sin fin, la vida va pasando aunque tú no la entiendas: van surgiendo oportunidades que no aprovechas, momentos que no vives, personas a las que no prestas suficiente atención. Y todo porque no te atreves a creer sin más.

Como se suele decir: “Los árboles no te dejan ver el bosque”. En este caso el bosque es un mundo lleno de cosas que no tienen una explicación lógica, y tener fe implica aceptar esto. Aceptar que no vas a encontrar el porqué de todo es el primer paso para disfrutar de cosas que solo puedes ver si antes decides creer en ellas.